El reino de Dios

 

El reino de los cielos o reino de Dios es el tema central de la predicación de Jesús, según los evangelios sinópticos. Mientras que Mateo, que se dirige a los judíos, se refiere principalmente al "reino de los cielos", Marcos y Lucas hablan del "reino de Dios"; esta última expresión tiene el mismo significado que "reino de los cielos", pero era más fácil que la entendieran los no judíos. El uso de la expresión "reino de los cielos" en Mateo se debe indudablemente a la tendencia en el judaísmo a evitar el uso directo del nombre de Dios. En todo caso no debe suponerse ninguna distinción de sentido entre las dos expresiones (por ejemplo Mt. 5.3 con Lc. 6.20).

I. En Juan el Bautista

       Juan el Bautista aparece primero con el anuncio de que el reino de los cielos está cerca (Mt. 3.2), y Jesús retoma dicho mensaje (Mt. 4.17). La expresión "reino de los cielos" (en hebreo malƒk_uÆt_ sûaµmayim) se origina con la expectativa judaica tardía acerca del futuro, en la que denotaba la decisiva intervención de Dios, ardientemente esperada por Israel, para restablecer la fortuna de su pueblo y librarlos del poder de sus enemigos. La venida del reino es la gran perspectiva del futuro, preparada por el Mesías venidero, que allana el camino para el reino de Dios.

       En la época de Jesús la evolución de dicha esperanza escatológica había adoptado en el judaísmo una gran variedad de formas, en las que ya el elemento nacional, ya el elemento cósmico y apocalíptico, resulta prominente. Esta esperanza se origina en la proclamación de la profecía veterotestamentaria relativa tanto a la restauración del trono como a la venida de Dios para renovar el mundo. Si bien el AT no tiene nada que decir en cuanto al reino de los cielos escatológico en forma explícita, sin embargo en los Salmos y los profetas la futura manifestación de la soberanía real de Dios pertenece a los conceptos centrales de la fe y la esperanza veterotestamentarias. Aquí también diversos elementos adquieren prominencia, como puede verse claramente por una comparación de los primeros profetas con las profecías relativas a la soberanía mundial general y la aparición del Hijo del hombre en el libro de Daniel.

       Cuando Juan el Bautista y, después de él, Jesús mismo proclamaron que el reino estaba cerca, dicha proclamación comprendía un llamado al despertamiento, de significación sensacional y universal. Ese punto decisivo en la historia—de carácter divino, y largamente esperado—la gran restauración, como quiera que fuese concebido en esa época, se proclama como inminente. Por consiguiente es de suma importancia analizar el contenido de la predicación neotestamentaria con relación a la venida del reino.

       En la predicación de Juan el Bautista se le da prominencia al anuncio del juicio divino como realidad inminente. El hacha ya está ubicada en la raíz de los árboles. La venida de Dios como Rey es, por sobre todo, una venida para purificar, cernir, juzgar. Nadie puede evitarla. No hay privilegio que pueda exceptuar de su cumplimiento, ni siquiera la capacidad de invocar a Abraham como padre. Al mismo tiempo, Juan el Bautista señala a Aquel que ha de venir y que le seguirá, cuyo precursor es él mismo. Aquel que ha de venir se presenta con el aventador en la mano. En vista de su venida el pueblo debe arrepentirse y someterse al bautismo, para la limpieza de sus pecados, a fin de escapar a la ira venidera y participar de la salvación del reino, y del bautismo del Espíritu Santo que ha de ser derramado cuando este se haga presente (Mt. 3.1–12).

II. En la enseñanza de Jesús

       a. Aspecto presente

       La proclamación del reino por boca de Jesús sigue literalmente a la de Juan, si bien tiene un carácter mucho más envolvente. Cuando Juan el Bautista hubo tenido la oportunidad de observar a Jesús durante un tiempo considerable, comenzó a dudar de que Jesús fuera, después de todo, Aquel que había de venir, según lo había anunciado él (Mt. 11.2 y siguientes). La proclamación del reino por parte de Jesús difiere en dos sentidos de la del Bautista. En primer lugar , mientras retiene sin limitaciones el anuncio del juicio y el llamado al arrepentimiento, es la significación salvífica del reino lo que ocupa el primer plano. En segundo lugar —y aquí está el meollo de la cuestión—, anunció el reino no solamente como una realidad que estaba cerca, algo que habría de hacerse presente en el futuro inmediato, sino como una realidad que ya estaba presente, manifestada en su propia persona y ministerio. Aun cuando los lugares donde Jesús habla explícitamente del reino como algo presente no son numerosos (véase especialmente Mt. 12.28 y paralelos), toda su predicación y ministerio están tenidos de esta realidad dominante. En él, el gran futuro ya se ha convertido en "tiempo presente".

       Este aspecto presente del reino se manifiesta de muy diversas maneras en la persona y hechos de Cristo. Aparece en forma palpable y visible en la expulsión de los demonios (Lc. 11.20), y en general en el poder milagroso de Jesús. En la curación de las personas poseídas por demonios resulta evidente que Jesús ha invadido la casa del "hombre fuerte", lo ha atado firmemente, y por lo tanto está en condición de despojarlo de sus bienes (Mt. 12.29). El reino de los cielos se introduce en los dominios del maligno. El poder de Satanás es quebrado. Jesús lo ve caer como relámpago del cielo. Nuestro Señor tiene poder, y se lo transfiere a otros, para aplastar el dominio del enemigo. Nada es imposible para los que salen por el mundo, investidos del poder de Jesús, como testigos del reino (Lc. 10.18 y siguientes). Toda la actividad milagrosa de Jesús constituye prueba de la venida del reino. Lo que muchos profetas y hombres justos en vano anhelaron ver—la iniciación de la gran época de salvación—los discípulos pueden ahora ver y oír (Mt. 13.16; Lc. 10.23). Cuando Juan el Bautista mandó a sus discípulos a preguntar, "¿eres tú aquel que había de venir, o esperaremos a otro?", les fueron mostradas las obras maravillosas realizadas por Jesús, en las que, de conformidad con la promesa de la profecía, el reino ya se estaba manifestando: los ciegos recuperaban la vista, los cojos caminaban, los sordos oían; los leprosos eran purificados, los muertos volvían a la vida, y el evangelio se estaba predicando a los pobres (Mt. 11.2 y siguientes ; Lc. 7.18 y siguientes ). Además, en este último aspecto—la proclamación del evangelio—se ve la inauguración del reino. Por cuanto la salvación se anuncia y ofrece como un regalo ya disponible a los pobres en espíritu, los hambrientos, y los que sufren, el reino es de ellos. Así, también, se proclama el perdón de los pecados, no simplemente como posibilidad presente, sino como una dispensación que se ofrece hoy, en la tierra, por medio de Jesús mismo; "hijo, hija, tus pecados te son perdonados … pues … el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados" (Mr. 2.1–12).

       Como surge claramente de las precedentes palabras de potestad, todo esto se funda en el hecho de que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios. El reino se ha hecho presente en él y con él; él es la autobasileia. La autorrevelación de Jesús como Mesías, Hijo del hombre, y Siervo del Señor, constituye tanto el misterio como el desenvolvimiento de todo el evangelio.

       Es imposible explicar estos dichos de Jesús acerca de sí mismo en sentido futuro, como algunos han querido hacer, como si él se estuviese refinendo a sí mismo solamente como el Mesías futuro, el Hijo del Hombre que había de esperarse en un día futuro en las nubes del cielo. Por cuanto, por más que esta futura revelación del reino siga siendo un elemento esencial en el contenido del evangelio, no podemos perder de vista el hecho de que en los evangelios el mesianismo de Jesús es algo que está presente aquí y ahora. No sólo se lo proclama como tal cuando es bautizado, y en el monte de la transfiguración—como Hijo amado y elegido por Dios (designaciones mesiánicas clarísimas)—sino que también es investido del Espíritu Santo (Mt. 3.16), y se le otorga plena autoridad divina (Mt. 21.27); el evangelio está lleno de sus declaraciones de autoridad absoluta, se lo presenta como el que ha sido enviado por el Padre, el que ha venido a cumplir lo que anticiparon los profetas. En su venida y su predicación la Escritura se cumple en oídos de los que lo escuchan (Lc. 4.21). No vino a destruir sino a cumplir (Mt. 5.17ss), a anunciar el reino (Mr. 1.38), a buscar y salvar a los perdidos (Lc. 19.10), a servir a los demás, y a dar su vida en rescate por muchos (Mr. 10.45). El secreto de pertenecer al reino radica en pertenecer a él (Mt. 7.23; 25.41). En síntesis, la persona de Jesús como Mesías es el centro de todo lo que se anuncia en el evangelio relativo al reino. El reino está concentrado en él, tanto en lo que se refiere a su aspecto presente como al aspecto futuro.

       b. Aspecto futuro

       Hay un aspecto futuro también. Por cuanto, a pesar de que se establece claramente en el evangelio que el reino se manifiesta aquí y ahora, también se pone de relieve que, por el momento, se manifiesta en este mundo únicamente de modo provisional. Es por ello que la proclamación de la presente actividad del mismo en las palabras, "los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados, y a los pobres es anunciado el evangelio", va seguida de una advertencia: "bienaventurado es el que no halle tropiezo en mí" (Mt. 11.6; Lc. 7.23). El "tropiezo" radica en el carácter oculto del reino de esta época. Los milagros son todavía señales de otro orden de realidad diferente del actual; no ha llegado aún el momento en que los demonios han de ser entregados a las tinieblas eternas (Mt. 8.29). El evangelio del reino se revela todavía únicamente como semilla que está siendo sembrada. En las parábolas del sembrador, la semilla que crece secretamente, la cizaña entre el trigo, la semilla de mostaza, la levadura, Jesús instruye a sus discípulos acerca de este aspecto oculto del reino. El Hijo del Hombre en persona, el que ha de venir en las nubes del cielo, investido de todo el poder de Dios, es el Sembrador que siembra la Palabra de Dios. Se lo representa como un hombre que depende de otros: las aves, los cardos, los seres humanos, pueden frustrar parcialmente su obra. Tiene que esperar y ver qué va a acontecer con su semilla. Más aun, el carácter oculto del reino tiene sentido más profundo todavía: el Rey mismo viene en forma de esclavo, de siervo. Las aves, tienen nidos, pero el Hijo del Hombre (Dn. 7.13) no tiene dónde reclinar su cabeza. A fin de recibirlo todo, primeramente tiene que entregarlo todo. Tiene que dar su vida en rescate; como el Siervo sufriente del Señor en Is. 53, tiene que ser contado con los transgresores. El reino ha venido; el reino ha de venir. Pero viene por vía de la cruz, y antes de que el Hijo del Hombre ejerza su autoridad sobre todos los reinos de la tierra (Mt. 4.8; 28.18) tiene que recorrer la senda de la obediencia a su Padre a fin de cumplir de este modo toda justicia (Mt. 3.15). Por lo tanto, la manifestación del reino tiene una historia en este mundo. Tiene que ser proclamado a toda criatura. Como esa semilla maravillosa, tiene que nacer y crecer, pero nadie sabe cómo (Mr. 4.27). Tiene un poder interior por medio del cual se abre camino ante toda suerte de obstáculos, y avanza a pesar de todo; porque el campo en el cual se la ha sembrado es el mundo (Mt. 13.38). El evangelio del reino se extiende a todas las naciones (Mt. 28.19), por cuanto el Rey del reino es también Señor del Espíritu. Su resurrección inicia una nueva era; la predicación del reino y el Rey alcanza lo último de la tierra. La decisión se ha hecho realidad; pero el cumplimiento todavía se vuelve hacia el futuro. Lo que al principio pareciera ser una misma y única venida del reino, lo que se anuncia como una realidad indivisible, al alcance de la mano y de la vista, se extiende para abarcar nuevos períodos de tiempo y enormes distancias. Porque las fronteras de dicho reino no se corresponden con los límites o la historia de Israel: el reino abarca todas las naciones y llena todas las edades hasta que se produzca el fin del mundo.

III. Reino e iglesia

       Por consiguiente el reino se relaciona con la historia de la iglesia y del mundo por igual. Existe una conexión entre el reino y la iglesia, pero no son idénticos, ni siquiera en la época actual. El reino comprende la totalidad de la actividad redentora de Dios en Cristo en este mundo; la iglesia es la asamblea de los que pertenecen a Cristo Jesús. Tal vez se podría hablar en función de dos círculos concéntricos, de los que la iglesia es el más pequeño y el reino el más grande, mientras que Cristo es el centro de ambos. Esta relación de la iglesia con el reino puede formularse de muchas maneras diferentes. La iglesia es la asamblea de los que han aceptado el evangelio del reino por fe, que participan de la salvación del reino, lo cual incluye el perdón de pecados, la adopción por Dios, la presencia interior del Espiritu Santo, la posesión de la vida eterna. Son también aquellos en cuya vida el reino adopta forma visible, la luz del mundo, la sal de la tierra; los que han aceptado el yugo del reino, que viven en obediencia a los mandamientos de su Rey y aprenden de él (Mt. 11.28–30). La iglesia, como órgano del reino, está llamada a confesar que Jesús es el Cristo, a cumplir la tarea misionera de predicar el evangelio en el mundo; ella es, además, la comunidad de los que esperan la venida del reino en gloria, los siervos que han recibido los talentos de su Señor con miras a su regreso. La iglesia recibe toda su constitución del reino, por todos lados es acosada y dirigida por la revelación, el progreso, la futura venida del reino de Dios, sin que en ningún momento sea ella el reino mismo, y sin que pueda nunca identificársela con el mismo.

       Consecuentemente, el reino no está limitado a las fronteras de la iglesia. El reinado de Cristo lo abarca todo soberanamente. Donde el mismo prevalece y es reconocido, no sólo adquiere libertad el ser humano, sino que todo el esquema de su vida se transforma: la maldición de los demonios y el temor a los poderes hostiles desaparecen. El cambio que produce el cristianismo entre los pueblos dominados por las religiones que rinden culto a la naturaleza es prueba de la amplitud y la inclusividad del reino. Actúa no sólo exteriormente como la semilla de mostaza, sino interiormente como la levadura. Se abre paso en el mundo con su poder redentor. El último libro de la Biblia, que describe el reinado de Cristo en la historia del mundo, y su ímpetu arrollador hasta el final mismo, ilumina en forma especial la antítesis entre el Cristo-Rey triunfante (por ejemplo Ap. 5.1 y siguientes) y el poder de Satanás y el anticristo, que sobrevive todavía en la tierra y contiende contra Cristo y su iglesia. Por más que el reino invada la historia mundial con su bendición y liberación, por más que se presente como un poder salvador contra la tiranía de dioses y fuerzas contrarias a la humanidad, es sólo mediante una crisis final y universal que el reino, como reino de paz y salvación visible y victorioso, dará cumplimiento cabal a los nuevos cielos y la nueva tierra.

IV. En el resto del Nuevo Testamento

       La expresión "reino de los cielos" o "reino de Dios" no aparece tan frecuentemente en el NT fuera de los evangelios sinópticos. Empero, se trata, sencillamente, de una cuestión terminológica. Como indicación de una gran revolución en la historia de la salvación que ya se ha inaugurado con la venida de Cristo, y como la esperada consumación de todos los actos de Dios, es el tema central de toda la revelación neotestamentaria sobre Dios.

V. En el pensamiento teológico

       Por lo que hace a la concepción del reino de los cielos en la teología, ha sido poderosamente sometida a toda clase de influencias y perspectivas a lo largo de los diversos períodos y tendencias del pensamiento teológico. Rasgo distintivo en la teología católicoromana es la identificación del reino de Dios y la iglesia en la dispensación terrena, identificación debida principalmente a la influencia de Agustín. A través de la jerarquía eclesiástica Cristo se actualiza como Rey del reino de Dios. La extensión del reino coincide con las fronteras del poder y la autoridad de la iglesia. El reino de los cielos se amplía mediante la misión y el progreso de la iglesia en el mundo.

       En su resistencia a la jerarquía católica romana, los Reformadores pusieron el mayor acento en la significación espiritual e invisible del reino, y acto seguido (aunque erróneamente) apelaron a Lc. 17.20 y siguientes en defensa de su posición. El reino de los cielos, en otras palabras, es la soberanía espiritual que Cristo ejerce por medio de la predicación de su palabra y la operación del Espiritu Santo. Si bien en los primeros tiempos la Reforma no perdió de vista la gran dimensión de la historia salvífica del reino, el reino de Dios, bajo la influencia de la Ilustración y el pietismo, llegó a concebirse crecientemente en sentido individualista; es la soberanía de la gracia y la paz en el corazón de los hombres. En la teología liberal posterior este concepto adquirió un sentido moralista (especialmente bajo la influencia de Kant): el reino de Dios es el reino de la paz, el amor, y la justicia. Al principio, incluso en el pietismo y los círculos sectarios, se mantuvo la expectativa del venidero reino de Dios, sin hacer lugar, empero, a una significación positiva del reino para la vida en este mundo. En contraposición con esta perspectiva más o menos dualista del reino debemos distinguir la concepción social del reino que pone todo el acento en su significación visible y comunitaria. Esta concepción se distingue en algunos escritores por un radicalismo social (el cristianismo del "Sermón del monte" de Tolstói y otros, o la interpretación "social-religiosa" de, por ejemplo Kutter y Ragaz en Suiza), en otros por la creencia evolucionista en el progreso (el "evangelio social" de los Estados Unidos). La venida del reino consiste en la marcha progresista de la justicia social y el desarrollo comunal.

       Por contraste con estas interpretaciones espiritualizantes, moralistas, y evolucionistas del reino, la erudición neotestamentaria recalca nuevamente, y con justicia, la significación original del reino en la predicación de Jesús, significación que está entrelazada con la historia de la salvación y la escatología. Mientras que los fundadores de esta dirección escatológica más reciente le dieron una interpretación extrema a la idea del reino de los cielos, de modo que no quedaba lugar para que el reino pudiese penetrar el orden mundial actual (J. Weiss, A. Schweitzer), últimamente se le ha prestado más atención a la significación incuestionablemente actual del reino, a la vez que dicha significación ha sido circunscrita a la perspectiva de la historia de la salvación, la perspectiva del progreso de la actividad dinámica de Dios en la historia, que tiene como fin último la consumación final.

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